
El curso de pedagogía era un pretexto. Me fascinaba la idea de visitar Cuba y conocer lugares a los que no imaginaba que podía tener acceso. De cualquier forma, fui a dos o tres exposiciones. Mi criterio de selección era muy sencillo, me bastaba la primera hora de la mañana para ubicar a algún grupo de maestras que me resultaran atractivas. Soy un aficionado a la pintura, por lo que procuro llevar siempre un cuaderno en el cual imprimir ciertas imágenes, imágenes que deseo recordar, sensaciones que busco repetir. Así el primer día seguí a un grupo de venezolanas. Ellas se distinguían por llevar sus playeras rojas con frases de apoyo a su presidente y un paliacate con su bandera. Terminé ese día cansado de escuchar la consigna: “América unida con la espada de Bolívar”. El segundo día preferí seguir un grupo de colombianas. Era un grupo entrando a la madurez, pero el porte de la mayoría, su forma de sostener la copa, su figura estilizada, todo me resultaba atractivo.
Fue la tercera mañana la que tuve que cambiar el método. Había tenido que ir a un centro de salud por unos medicamentos que un compañero de la secundaria donde trabajo me había encargado. El medicamento necesitaba una receta y ya cuando me retiraba un tanto decepcionado, una de las enfermeras salió a ofrecerme algunas dosis de aquel caro medicamento a un precio demasiado accesible para un extranjero. Pasé el resto de la mañana tratando de regresar al centro de convenciones. Caminé durante largo tiempo esperando encontrar una parada de camión, pero nada. Sin embargo, si veía un grupo de casas antiguas; viejos barrios, con grandes edificios descarapelados, ennegrecidos de las paredes y rostros del che en una y otra pared de distintas dimensiones y con distintos mensajes. Una ciudad donde la revolución detuvo el tiempo.
Por fin llegué a la parada del camión. Pasé largo tiempo sin descubrir un camión que me llevara, hasta que una maestra cubana se ofreció a ayudarme. Así que aquel día sólo contaba con la tarde para encontrar algún grupo de atractivas maestras. No tuve que caminar mucho, fuera aún del centro de convenciones, en el área de alimentos, sentadas bajo una palmera, descansaban un grupo de argentinas que compartían el mate. Era un grupo joven de maestras, vestidas todas de forma sencilla, jeans y blusas de tirantes. Cuando se levantaron las seguí por los pasillos del centro de convenciones hasta que llegamos a un auditorio. La proyección al frente ya estaba lista y sólo esperaban que llegaran los expositores. “Problemas en la Educación Especial”, se leía en la pantalla al frente. Las Argentinas se sentaron en una fila y yo ocupé un lugar detrás de ellas. En eso llegó un joven con retraso mental, que era acompañado por su maestra, una señora baja de estatura, que caminaba zambo y con el pelo demasiado corto.
-Pedro, siéntate- Le indica la maestra con un acento español seco y tosco.
Las muchachas le sonríen a Pedro en señal de saludo y éste responde con una sonrisa que muestra todos los dientes.
-Carolina, pásame el mate.
La chica sentada al lado de Pedro le extiende a su compañera la bebida, la cual le da un trago y se lo regresa a su compañera. Pedro entonces la mira con atención, se percata de sus ojos verdes, de su piel delicada, su sonrisa alargada, su cabello castaño cayendo en llanto sobre su espalda. Sin señal, ni contemplación, Pedro le pregunta:
-¿Cómo se llama?- Carolina en cambio sólo alcanza a reaccionar por instinto.
-Mate.
-No, tú- Fue la inmediata reacción de Pedro, que ahora sonreía.
- Yo soy Carolina, ¿vos?
- Pedro.
-Mate.
-No, tú- Fue la inmediata reacción de Pedro, que ahora sonreía.
- Yo soy Carolina, ¿vos?
- Pedro.
Pedro la sigue mirando, la sigue con sus ojos grandes. Parece grabarse la belleza infinita de Carolina en sus pupilas, dibujarla con un secreto pincel de la memoria. Al igual que yo no escucha la conferencia, ésta no tiene importancia. Su ser se había vuelto Carolina y el resto nada. Él sólo mira a Carolina y ella siente su mirada como un conjunto de hormigas que danza por su espalda desnuda. Entonces pierde el hilo de la conferencia y mirando a Pedro le pregunta:
-¿Queréis probar?
-Sí
-Sí
Él mira sus labios frondosos que parecen encendidos y ni siquiera ve de reojo la bebida. Entonces ella levanta una sospecha.
-El mate.
- Sí, el mate- Los dos se dibujan una carcajada de complicidad.
-Es amargo- Exclama Pedro después de probarlo y hacer una mueca grande con sus labios que se exprimen. Su maestra que no ha perdido el hilo de la comunicación con un dejo de celos le pregunta a Pedro:
- Sí, el mate- Los dos se dibujan una carcajada de complicidad.
-Es amargo- Exclama Pedro después de probarlo y hacer una mueca grande con sus labios que se exprimen. Su maestra que no ha perdido el hilo de la comunicación con un dejo de celos le pregunta a Pedro:
- ¿Te gusta, Pedro?
Pedro pudo haber dicho algo de Carolina, pero en vez de eso se delataba con la mirada para sólo limitarse a exclamar:
-Yo creo que es amargo.
- Es amargo- Le dice Carolina, y de nuevo la maestra se interpone.
- No, si es amargo no, para eso está la vida.
- Es amargo- Le dice Carolina, y de nuevo la maestra se interpone.
- No, si es amargo no, para eso está la vida.
Pedro que ya no puede dejar de ver a Carolina, que ve la vida diferente a todo con unos ojos fijos, clavados, penetrantes, capaces de detener el tiempo, él no puede conocer desde ahora que tan amarga puede ser la vida y entonces dice:
-La vida no, la vida es miel para el mate.
Sólo los vi una tarde más por casualidad. El sol caía en tonos púrpuras sobre el arrecife, mientras el mar respiraba violento. Yo no buscaba más maestras a quien dibujar, ni mujeres cubanas con vestidos ceñidos a la cintura, o bailarinas caminantes que danzan en un eterno vaivén de caderas por las calles de la Habana vieja. Esa tarde me limitaba a andar el malecón para dibujar el momento en que sol y océano se besan y las olas parecen llorar la muerte de algún balsero cubano. En vez de eso mi cuaderno de dibujo sólo pudo captar el rostro de la esperanza. El rostro bello de una mujer sirena, y los ojos grandes, hermosos y grandes de Pedro, que le daban vida y plenitud a Carolina. Tomé entonces un caracol y guardé en él el dulce canto de Pedro para mi mate más amargo.
6 comentarios:
primero: qué envidía! yo quiero ir al viejo país que continúa resistiendo la invansión del imperio gabacho.
segundo: Me ha gustado tu relato y me sentí identificado. No sé qué es el mate pero todos hemos sentido ser ese Pedro, cuando ve a una Carolina..
buenas imágenes las de usted, señor.
saludos!
Qué bien escrito... no lo reconocía (leí una versión anterior), y sí, para mi no recordar ayuda mi mala memoria pero lo cierto es que el relato sí cambió bastante.
Que sigas así, escribiendo cada vez mejor.
El inicio me recordó a un pintor cubano que se me ha olvidado preguntarte si conociste allá.
Un abrazo.
P.D. Se me antoja un chocolate Carlos V...¿a tí no?
que onda mi Tom
pues dejeme decirle que me gusto mucho su relato. me gustaron las imagenes, como dibujo a Carolina y a Pedro y que lo que le daba ese toque especial a Carolina era la mirada de Pedro. sin eso ella no estaría completa. me gusto esa frase de "la vida es miel para el mate"
en serio me gusto.
y coincido con el deivid cuando dice "Todos hemos sentido ser ese Pedro cuando ve a una Carolina"
bueno mi Tom por aqui andaremos pa cuando suba otro.
bueno nos vemos
pasesela chido y que este bien
adios
Me gusta esa historia... La vida es miel para el mate... creo que a veces es difícil darnos cuenta de eso. Saludos. Lili´s
hey tom
has ampliado mi horizonto léXico-filosófico
hilemorfismo: Todo cuerpo se compone de materia y forma. La forma es lo más vital hace a las cosas "ser" y es la esencia misma de la materia jejee pinshe materia siempre es menospreciada. y también que se armen las chelas para hablar de la eutanasia, ortotanasia y todos esos temas tan difíciles de ser analizados objetivamente
saludos y suerte, vato
Coincido con el primer comentario, Tom, nunca falta una Carolina para su Pedro. Chido, compa, ai nos vemos, cuídatelo, eh?
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