Un click o una frase adecuada te pueden hacer entrar en el mundo de una persona. En otros tiempos, un verso pertinente podían llevar a un escritor a permanecer en el gusto de los otros, pero entrar en ese mundo era más difícil. En el viejo estilo el lector tenía que buscarte, seducido, no por el color de las pastas de un libro, ni por alguna imagen publicitaria; era seducido a veces por el nombre o por el mecenas que patrocinaba la obra o por alguna recomendación de un experto. Hoy, el escritor puede buscar a su lector, seducirlo con mensajes en su muro o una fotografía bien etiquetada; el comentario oportuno es como el correcto cabezazo en el periódico. Lo lamentable es que esta seducción es efímera, otras fotografías, otros cumpleaños, nuevas actualizaciones terminan por desviar la posible atención del lector. En cambio, antes el lector estaba cautivado y esperaba paciente la siguiente entrega, la próxima novela, el siguiente artículo en el periódico. Ahora el movimiento es escandaloso, si no lo conquistas, si no lo cautivas, pierdes a tu lector en instantes.
El abandono en la lectura tiene consecuencias más graves, como vivimos en el mundo de las publicaciones, así vivimos en cualquier ámbito de la sociedad. Un equipo de fútbol cambia de técnico porque no puede aguardar a que funcione el proyecto. Un estudiante abandona la escuela porque no vislumbra futuro, un padre de familia no ahorra porque no vale la pena, el dinero se devalúa muy pronto. Cada abandono es provocado por una inestabilidad que nos incita a buscar siempre algo novedoso. Ni siquiera las personas permanecen, la nueva onda crea el surgimiento de amistades temporales, de semanas de publicaciones y bombardeo de comentarios que se colapsan y de los que no quedan nada. La duración de los empeños simples de Sada: nuestro gran empeño es la fascinación por los medios electrónicos, los empeños simples son los personajes variantes de nuestra historia. Esta es la gran novela de la post modernidad: la deshumanización, la pérdida de la identidad del ser humano. Los seres humanos somos accesorios de esta gran urdimbre de comunicación, mientras que el protagonista de la historia es la red en sí misma. El Cervantes de hoy no tiene un Quijote: tiene a la red.
La revalorización de estas herramientas tendrá que ser un fruto colectivo, para que todos les demos su justa dimensión. Todo hombre debe volver a valorar estas herramientas como medios y no como fin en sí mismo. La revalorización de un click, de decir “me gusta” porque realmente me gusta, de hacer un comentario, una actualización, no por entrar en un mundo, sino porque ese mundo me pertenece.
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