
LA VIRGEN DEL DESCANSO
Tres en punto. Es tiempo de partir. La primera vez que visitó el reclusorio se demoró un minuto más para abrocharse las agujetas del zapato. Miraba de reojo a su padre que lo observaba también mientras se alejaba. Tanta gente alrededor, pero ninguno los miraba, el patio parecía tan vacío. Un minuto, semana tras semana, el minuto de la eternidad donde se despide al padre que no vendrá a casa una noche más.
Todas las semanas se repetía el mismo rito. Cuando era aún niño su madre no podía acompañarlo por razones de trabajo: “Hay que trabajar duro hijo”. Le decía su madre repetidas veces. “Ven, llévale este beso a tu padre”. Entonces sacaba una pequeña medalla con la virgen del Perpetuo Socorro, aquella imagen que él mismo le regalara cuando novios, le daba un beso suave y la ponía en la mano de su hijo. Éste la llevaba en la mano húmeda por los nervios para dársela a su padre. Él lo esperaba ya en el patio, con su viejo rosario en la mano. Cuando llegaba junto a él le pedía que se agachara para poner la medalla en la frente simulando un beso: “Papi, un beso de mamá”. Ahora habían pasado los años y la cansada madre descansaba enferma en la cama. “Papá, un beso de mi madre”.
Un día, como tantos otros, el padre rezaba silencioso, la madre dormía en casa, el hijo tomaba el transporte en un día de visita. Se encontraron en el patio, dos gotas de agua casi idénticas, la del padre un poco más grande. No hubo palabras, el mismo gesto de siempre, un padre de rodillas, con el rosario en la mano, recibiendo el beso frío de una virgen de plata.
Platicaron largo tiempo, de la madre enferma, de la novia con la que pensaba casarse, de los planes para cuando estuviera afuera, de un nuevo empleo, de formar una familia, de una nueva casa: “Pero con un patio grande”, le decía el padre, pensando en el lugar donde caminaba. La hora se acercaba, las cuentas del rosario corrían por los dedos vertiginosamente. Sus venas tarareaban una canción impaciente. Tres en punto.
El niño, ya no era un niño, pero se demoró nuevamente a abrochar los zapatos, el padre a la distancia. La pequeña medalla cayó al suelo mientras el niño miraba de reojo a su padre. Aquel hombre sólo contemplaba, pero al mirar la pequeña medalla tocar el suelo, sintió algo en los pies que le hizo correr hasta su hijo. Se inclinó con él, lo abrazó muy fuerte y tomó la medalla entre sus manos, entonces besó el rosario y lo puso en las manos de su hijo, “ten, dale un beso a tu madre”. Se levantó para no mirar atrás, con la medalla en sus manos. El niño también se fue, medio minuto más tarde de lo acostumbrado. Un celador los miraba.
Tres treinta y uno. El camión rueda muy despacio cuando los pensamientos viajan tan rápido. El rosario de pronto le quemaba las manos, le hacía sentir un deseo. Quería, aunque fuera una vez, quedarse un solo día, uno de esos minutos que solía robarle al tiempo mientras se abrochaba las cintas, regalárselo a su padre, para que viera a la mujer que tanto amaba. “¿Todavía me quiere verdad?” Le preguntaba en tono grave. La respuesta era un asentir con la cabeza. Eso bastaba. Sus manos ahora corrían, como corrían las de su padre.
Bajó del camión, le pesaban las piernas, el cuerpo se le ensanchaba. Miró su rostro de reojo en una vitrina vacía. Dio vuelta en la esquina, respiraba cada vez más profundamente. El corazón le latía muy fuerte. Entró al cuarto de su madre, pero no parecía su madre ni el parecía un niño. “Estás aquí” le dijo la mujer y le sonrió, como quien le sonríe a un fantasma por años esperados. Nadie dijo nada, el se arrodilló como era su costumbre en el patio donde viviera tanto años, el rosario en la mano, la besó en la frente y cerró sus ojos para dejarla ir. Cuatro y treinta de la tarde, un niño que ya no es un niño reza un rosario. Un minuto de libertad para su padre, la despedida.
Cuatro y treinta y uno, un hombre duerme en su celda, feliz, ya no respira. Tiene la sonrisa en los labios de quien se va besando al ser amado. Los ojos cerrados y a sus manos le faltan un rosario, sólo le queda una medalla con la virgen que le da el descanso.
Tres en punto. Es tiempo de partir. La primera vez que visitó el reclusorio se demoró un minuto más para abrocharse las agujetas del zapato. Miraba de reojo a su padre que lo observaba también mientras se alejaba. Tanta gente alrededor, pero ninguno los miraba, el patio parecía tan vacío. Un minuto, semana tras semana, el minuto de la eternidad donde se despide al padre que no vendrá a casa una noche más.
Todas las semanas se repetía el mismo rito. Cuando era aún niño su madre no podía acompañarlo por razones de trabajo: “Hay que trabajar duro hijo”. Le decía su madre repetidas veces. “Ven, llévale este beso a tu padre”. Entonces sacaba una pequeña medalla con la virgen del Perpetuo Socorro, aquella imagen que él mismo le regalara cuando novios, le daba un beso suave y la ponía en la mano de su hijo. Éste la llevaba en la mano húmeda por los nervios para dársela a su padre. Él lo esperaba ya en el patio, con su viejo rosario en la mano. Cuando llegaba junto a él le pedía que se agachara para poner la medalla en la frente simulando un beso: “Papi, un beso de mamá”. Ahora habían pasado los años y la cansada madre descansaba enferma en la cama. “Papá, un beso de mi madre”.
Un día, como tantos otros, el padre rezaba silencioso, la madre dormía en casa, el hijo tomaba el transporte en un día de visita. Se encontraron en el patio, dos gotas de agua casi idénticas, la del padre un poco más grande. No hubo palabras, el mismo gesto de siempre, un padre de rodillas, con el rosario en la mano, recibiendo el beso frío de una virgen de plata.
Platicaron largo tiempo, de la madre enferma, de la novia con la que pensaba casarse, de los planes para cuando estuviera afuera, de un nuevo empleo, de formar una familia, de una nueva casa: “Pero con un patio grande”, le decía el padre, pensando en el lugar donde caminaba. La hora se acercaba, las cuentas del rosario corrían por los dedos vertiginosamente. Sus venas tarareaban una canción impaciente. Tres en punto.
El niño, ya no era un niño, pero se demoró nuevamente a abrochar los zapatos, el padre a la distancia. La pequeña medalla cayó al suelo mientras el niño miraba de reojo a su padre. Aquel hombre sólo contemplaba, pero al mirar la pequeña medalla tocar el suelo, sintió algo en los pies que le hizo correr hasta su hijo. Se inclinó con él, lo abrazó muy fuerte y tomó la medalla entre sus manos, entonces besó el rosario y lo puso en las manos de su hijo, “ten, dale un beso a tu madre”. Se levantó para no mirar atrás, con la medalla en sus manos. El niño también se fue, medio minuto más tarde de lo acostumbrado. Un celador los miraba.
Tres treinta y uno. El camión rueda muy despacio cuando los pensamientos viajan tan rápido. El rosario de pronto le quemaba las manos, le hacía sentir un deseo. Quería, aunque fuera una vez, quedarse un solo día, uno de esos minutos que solía robarle al tiempo mientras se abrochaba las cintas, regalárselo a su padre, para que viera a la mujer que tanto amaba. “¿Todavía me quiere verdad?” Le preguntaba en tono grave. La respuesta era un asentir con la cabeza. Eso bastaba. Sus manos ahora corrían, como corrían las de su padre.
Bajó del camión, le pesaban las piernas, el cuerpo se le ensanchaba. Miró su rostro de reojo en una vitrina vacía. Dio vuelta en la esquina, respiraba cada vez más profundamente. El corazón le latía muy fuerte. Entró al cuarto de su madre, pero no parecía su madre ni el parecía un niño. “Estás aquí” le dijo la mujer y le sonrió, como quien le sonríe a un fantasma por años esperados. Nadie dijo nada, el se arrodilló como era su costumbre en el patio donde viviera tanto años, el rosario en la mano, la besó en la frente y cerró sus ojos para dejarla ir. Cuatro y treinta de la tarde, un niño que ya no es un niño reza un rosario. Un minuto de libertad para su padre, la despedida.
Cuatro y treinta y uno, un hombre duerme en su celda, feliz, ya no respira. Tiene la sonrisa en los labios de quien se va besando al ser amado. Los ojos cerrados y a sus manos le faltan un rosario, sólo le queda una medalla con la virgen que le da el descanso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario