sábado, 16 de febrero de 2008

DE LENGUA ME COMO UN TACO


DE LENGUA ME COMO UN TACO


Dicen por allí que perro que ladra no muerde, como si fuera cierto que a las palabras se las lleva el viento y carecieran de importancia. Lo cierto es que el mejor medio de comunicación es la lengua. Hace unos días llegó a mis manos un libro que lleva por título lenguaje y comunicación. Habría primero que distinguir la diferencia entre tres elementos que suelen utilizarse de igual manera: lenguaje, lengua y habla. El lenguaje es un conjunto de signos que permiten la comunicación, de tal forma que la semiótica es la encargada de estudiar toda clase de signos y símbolos propios del lenguaje, como pueden ser el lenguaje de los colores, lenguaje icónico, etcétera; mientras que la semántica se encarga propiamente del signo lingüístico empleado por Saussure. El lenguaje propio del hombre es la lengua, que es el sistema de comunicación verbal propio de una comunidad en particular. De aquí queda claro que existe un proceso de metonimia en que se nombra el sistema de comunicación como lengua por ser aparentemente la lengua el órgano con el cual se reproducen los sonidos. En cambio, se entiende por habla el acto individual del ejercicio del lenguaje, producido al elegir determinados signos lingüísticos, entre los que ofrece una lengua, mediante su realización oral y escrita. Así que, aunque el título del libro es lenguaje y comunicación, el libro toca el tema de la lengua y la discriminación y más específicamente el habla y la discriminación.
La importancia de la lengua la señala el autor casi al iniciar su ensayo: “El lenguaje se encuentra en la base de casi toda nuestra experiencia. Afectos, emociones, imaginación, encuentros y desencuentros”. Todo lo representamos a través de palabras, y los acuerdos o desacuerdos los manifestamos también a través de las mismas. Nuestro conocimiento del mundo, para el autor, está determinado por la lengua que hemos aprendido y también a través de ella valoramos las cosas.
Más importante aún es que nosotros aprendemos la lengua de nuestro entorno, es el habla de un grupo muy específico la que vamos adquiriendo. Las primeras palabras son enseñadas por nuestros padres. Nuestra lengua se va modificando en la medida que pertenecemos a un grupo y aprendemos a nombrar las cosas de la misma forma en que las nombran los demás. Las palabras en si mismas parecen ser buenas, el problema radica en el uso que hacemos de ellas y en los prejuicios que nos formamos del otro en el momento de pertenecer un grupo. Nuestro entorno no sólo nos proporciona una lengua, sino un sistema de prejuicios que nos determinan.
Ya vimos el peso importante que tiene el entorno del hablante para crear prejuicios y de cierta manera establecer una base para discriminar, de la misma forma toma importancia el proceso histórico, el autor del ensayo señala: “El lenguaje de la discriminación se alimenta de la carne y sangre de personas puestas históricamente en situación de vulnerabilidad”. Virginia Woolf, en su libro un cuarto propio, elabora todo el proceso histórico que le ha impedido a la humanidad contar con grandes escritoras, o con más escritoras de las que hasta su tiempo había. Woolf señala como la mujer históricamente ha sido un grupo vulnerable, y como ese grupo vulnerable lo es porque ha aprendido a vivir según los lineamientos que le han impuesto, aceptando el entorno, y la comodidad que ofrece sin interés por modificarlo.
El peso que a las palabras le ha impuesto la historia no se puede transformar de la noche a la mañana. En un ejemplo burdo, sería como querer que una persona que durante toda su vida ha sufrido de sobrepeso, pase de los cien kilogramos a los setenta de la noche a la mañana, un hecho imposible. La persona debe someterse a cambiar estructuras que forman parte de su forma de ver la vida. Estos cambios deben realizarse en situaciones bien específicas que le permitan evolucionar. En el proceso de la lengua el cambio es más paulatino, estamos hablando de un proceso histórico demasiado largo que nos determina. El hecho es que nos sería imposible cuestionar todas nuestras creencias para cerciorarnos que podemos confiar en ellas. Se trata de momentos del habla, si cuestionamos todo en el habla la comunicación se haría lenta y perdería su eficiencia.
Por otra parte, hay que entender otro elemento dentro del proceso histórico. La lengua específica que utilizamos es el español. El autor indica como en momentos del habla en lugar de emplear el neutro se emplea el masculino. En principio, nuestra lengua consta de dos géneros, masculino y femenino, lo que podemos constatar a través de los artículos. Cuando hablamos del género humano lo señalamos así “el género humano” y empleamos un artículo masculino, de la misma forma en que hablamos de la cebra, la morsa, la lengua, todos estos elementos tienen artículo femenino y sin embargo no nos preguntamos por el uso del neutro, simplemente porque no existe un artículo neutro que lo permita como en el griego. Lo que rige al habla es la ley del menor esfuerzo y por tanto el hablante elegirá en la mayoría de las veces por una de las dos opciones y tomara la acepción “los estudiantes” en lugar de “las personas que estudian”. Una opción en masculino y la otra en femenino, pero una implica mayor esfuerzo que la otra, y no se diga de la frase: “los estudiantes y las estudiantes”. Hacerlo así sería hablar de un proceso utópico en el habla, algo imposible, porque lo bello del habla son sus imperfecciones, o mejor dicho, sus imprecisiones, que permiten la construcción de frases en sentido figurado y figuras literarias.
En este proceso histórico podemos hablar de una genealogía de nuestra lengua, tal y como Nietzsche habló de la genealogía de la moral. El filósofo alemán recrea la historia de la moral y la importancia que tuvo un grupo dominante para establecer lo que era bueno y malo en un grupo determinado. Para el filósofo, ese grupo cristiano de origen judío era culpable de lo que el señalaba como una moral regida por los valores derrotistas. Cuando observamos que en nuestras culturas, la mujer adquiere el apellido del varón al casarse, se trata de un proceso histórico el cual la mujer asumió sin mayor problema en mucho tiempo, como lo señalaría Woolf.
Habría que determinar cuál es el grupo dominante de nuestras culturas y encontraríamos que en la mayoría de ellas, durante muchos años lo ha sido el grupo conformado por varones cristianos de clase alta. Por eso cuando el autor señala que en el varón se dan por sentado atributos que se le escatiman a la mujer no es más que a razón de que los varones han sido el grupo dominante, y no por superioridad, sino por una imposición. El varón se ha impuesto desde la creación bíblica en el que Dios crea primero al hombre y lo pone como responsable de toda la creación y no a la mujer. Lo cual no es porque sea un mandato divino sino que el hagiógrafo o escritor sagrado lo escribe también desde un entorno cultural al cual responde. Hay quien interpreta que Adán ha sido puesto en el culmen de la creación pero no como representante de un género sino de la especie.
Se trata pues un conflicto de palabras en el cual quien tiene el discurso ostenta el poder. Aquí se comprueba radicalmente el hecho de que la lengua no pasa a un segundo término y que al final es el botín por el que luchan los grupos desde distintos frentes. Así que eso de que de lengua me como un taco está por verse. En esta batalla por el discurso el grupo hegemónico lucha con distintas herramientas. El autor del ensayo presenta que quien ostenta el discurso utiliza métodos de represión para avasallar otros discursos, mientras que el discurso dominante se despliega, pasa de ser lenguaje a ser el habla que se impone a la mayoría. Una de las mayores faltas contra la libertad radica en el intento de querer unificar la forma de pensar del hombre a través de discurso. Cuando los hombres comparten la forma de hablar es indicio que comparten un contexto específico y en muchas ocasiones las ideas.
Esta clase de avasallamiento ocurre en regímenes como Cuba y Venezuela en los que se puede ver ejemplos en los que el gobierno es capaz de someter un canal de televisión por estar en su contra y dominar todo el sistema de comunicación. Pero sucede lo mismo en México, en donde el gobierno a través del discurso señala lo bueno, sirvan de ejemplos los que nos proporciona la Historia, el gobierno de Díaz y el PRI, dos dictaduras que mientras ostentaron el poder, tuvieron el discurso y sus acciones eran palabra de Dios.
Parece que el problema se da en las diferencias entre el grupo hegemónico y las minorías. Virginia Woolf señala que el hecho de que el hombre avasalle a la mujer en su discurso es porque le teme a lo que ella representa. Yo prefiero utilizar un término que acuña Nietzsche en Así habló Zaratustra, de donde retomo el concepto de “el Dios desconocido” con una nueva acepción. Los grupos avasallan a lo que es diferente porque al final de cuentas el otro representa su dios desconocido. Lo mismo sucede en la relación de grupos que en las relaciones personales, porque en ellas no nos despojamos de nuestro contexto histórico ni de nuestro entorno. En mis relaciones personales estoy yo y todo mi telón de fondo que me conforma y el otro es mi dios desconocido, con un telón de fondo que desconozco y que me aterra, lo único que conozco de él son los prejuicios que también me conforman y los cuales me señalan que la principal actitud debe ser el avasallamiento, el combate, la actitud de defensa, aunque sea de forma verbal.
En la instauración de un grupo dominante, también hay que señalar el papel que juegan las minorías. La mujer ha sido muchas veces señalada como minoría y sin embargo es una minoría que conforma mayoría. En la lucha por el discurso es importante como las minorías se unen por el discurso y luego se reparten el paquete. Pongamos el ejemplo de nuestra democracia en la cual se forman coaliciones y luego se dividen el discurso en las distintas cámaras. Así, para las minorías es importante dejar de lado el auto compadecerse y buscar unir a la causa una minoría aún más pequeña, porque el beneficio del otro significa el beneficio propio, sin significar con esto una situación ventajosa.
Al final de cuentas no se puede avanzar sin una propuesta para enfrentarnos a ese dios desconocido que es el otro para mí. El mejor modelo a seguir es el encuentro entre Jesús y la Samaritana. Se trata del encuentro no sólo de dos personas sino del telón de fondo que las conforman, por lo tanto la Samaritana no podrá más que expresar sus prejuicios con la frase “ ¿Cómo tú siendo Judío, me pides a mí de beber, que soy Samaritana?”. Ya hay aquí toda una batalla verbal, una sola frase que es todo un sistema de defensa contra lo desconocido. La Samaritana le teme a Jesús porque lo desconoce y sólo sabe de él por lo que representa, el pueblo judío en conflicto con el samaritano. Pero el problema de la Samaritana al final de cuentas no es que Jesús sea judío sino que ella es Samaritana. Si el encuentro hubiera sido de un romano con una Samaritana, allí se acaba la historia. Lo importante es que la Samaritana está determinada por su entorno, son sus propios prejuicios los que le impiden comunicarse con Jesús, en esa sencilla frase la mujer ha enumerado una serie de confrontaciones con Jesús: Un hombre no se puede comunicar de igual a igual con una mujer, un judío y un samaritano no se pueden comunicar, un judío que representa pureza no puede tener relación con un samaritano que representa impureza.
La actitud de Jesús en cambio es plenamente distinta, Jesús se conoce, por eso sabe que la mujer le pediría a él de beber, no sólo eso, conoce a la mujer y en ello radica su mayor virtud. Jesús se despoja de su entorno, de su ser judío y establece una relación con la mujer, conoce su situación y la conoce a tal profundidad que puede ponerse en su lugar y con ello establecer un verdadero lazo. Si queremos vencer los problemas de la lengua nos debemos dar la difícil tarea de vencer nuestros prejuicios, aprender a despojarnos de nosotros mismos y asimilar el contexto del otro. Después de todo, de lengua no me puedo hacer un taco, y las palabras son un signo importante. Lo eran en Jesús que decía: “Ábrete”, Y los oídos se abrían. Lo eran para Jesús que decía: “Si quiero, queda limpio”, y el leproso sanaba. Lo eran para Jesús que decía y le sigue diciendo al hombre: “Pero para que vean que el hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, a ti te digo: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”, y aquí estoy, jugando con las palabras, a sanar el mundo.
Bibliografía:
Islas Azaïs Héctor, Colección Cuadernos de la Igualdad 4 Lenguaje y Discriminación. Consejo Nacional para prevenir la discriminación, México D. F. , 2007.

5 comentarios:

Cyn dijo...

Lyidia Cacho en su libro "Esta boca es mía" nos habla de que nosotras como mujeres debemos empezar a utilizar el artículo "la" cuando así se requiera, yo creo que es una buena forma de contribuir (un poco) en la igualdad de géneros

Por otra parte, a mi sí me ha sanado =)

sugerencia: unos subtitulos o cabezas de descanso sería de gran utilidad para gente que, como yo, está bien ciega...

Aquí andamos amigo, todos mis abrazos!

Ojos de olvido dijo...

Está por de mas escribir un comentario sobre lo que pienso de la igualdad de géneros, pues hemos tenido choques e igualdades jiji..sobre el tema.
Me alegraste el lunes.

p.d Estuve coqueteando al deseo y me recordó que los lunes pueden ser deseables.

Emilia Eloisa dijo...

Me gustò mucho... me gustò el contenido con sus debidas referencias bibliogràficas y bìblicas... me gustò la foto tambièn n_N... y me gustò esa partecita que habla de las "imperfecciones" de la lengua como algo que nos permite la creaciòn... gracias por publicar un texto tan padre, aunque yo como Cyntia agradecerìa algunos subtìtulos o algo asì... saludos y abrazos :)))

ahogado dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ahogado dijo...

Por fin leí todo el texto completo. Admito, confieso, que sólo había leído el principio que me sonó bastante familiar. La discriminación en el lenguaje es sutil, pero patente: si dices "los estudiantes", el sustantivo determina a un ente preciso: alguien que estudia. "Las personas", en cambio, denomina a un ser impreciso, vago, del que no se tiene noción alguna más que la de su calidad de humano. ¿Será esta vaguedad una característica femenina? No apostaría por ello.

Saludos y buena semana santa.